jueves, 20 de agosto de 2009

EL ÚLTIMO SASTRE

Son las 9:30 de la mañana y un sol abrasador calienta el paisaje de concreto de la carrera Carabobo , ahora convertida en pasaje peatonal. A pocos metros sobre esta carrera, entre la Avenida San Juan y la calle Amador, mas exactamente entre el Salón de Billares Aguadas y la entrada del Hotel Olímpico hay un techito verde que anuncia "Sastrería -Arreglos". Dos maniquíes modelan pantalones. Sobre el techito esta el aviso con el nombre del local: Sastrería J Aristi. Adentro, don José Aristides Ramírez Durango, dueño, desayuna calmadamente. Termina, y con el metro de modistería al cuello muestra su negocio y comenta sobre su oficio.

Don J Aristi
Don José Aristides es un hombre que aparenta unos 50 años, aunque pasa de 65, nacido en Bolívar, Antioquia. Casado, con cinco hijos. "Y con la sastrería los he criado a todos, claro que ya tres están grandes." De baja estatura, moreno, ojos cafés, pequeños, sin gafas. Con unas cuantas canas tanto en su corta cabellera como en su bigote. Vistiendo una camisa a cuadros, manga corta, y un pantalón, muy probablemente confeccionado por él mismo. "Yo llego a eso de las 6, 6:10... a las siete estoy subiendo la reja y me pongo a trabajar, a cortar, a recibir los clientes... a las 4 de la tarde me paso pa'l billar, juego un "chico", y vuelvo aquí, y esa es la rutina..."

Con calma, comenta que lleva casi 30 años trabajando en el sector, todo el tiempo trabajando sastrería, oficio que aprendió hace 42 años en Samaná, Caldas, y de allá viajó a Medellín, hace 33 años. Luego de vivir tres años en la ciudad se instaló en el sector de Guayaquil, a competir con otras 15 sastrerías del sector, de las que la suya es la única sobreviviente. Los demás, debido al aumento en el costo de los arriendos, se han ido. " LA sastrería ya practicamente son solo arreglos, la sobre medida es muy poca, uno vive de los arreglos. Ahora el que monte una sastrería se muere de hambre, porque ya son muy poquitos los que mandan a hacer un vestido".

El principio, y el hoy
Don José comenzó con una sola maquina de coser, que compró con dinero prestado, y pagando 100 pesos diarios de arriendo, en un local 16 pasos mas cerca de San Juan, pero que hace doce años se quemó. "El 20 de Julio fueron 12 años. Se metió un señor a robar y produjo un corto, y en el corto se quemó el. Aquí tambien hace cinco años tiraron una granada, y tuve pérdidas, pero he sobrevivido, he vivido una vida sana, trabajando, me he sostenido." Interrumpe su narración para entregar un pantalón azul muy oscuro a un hombre de unos 30 años. Se despide del hombre con una sonrisa y continúa su historia.

Dice que no hay futuro en la sastrería. Con nostalgia comenta que de las 15 sastrerías del sector hoy solo queda la suya. "Hace 15 años podían caer 20 vestidos durante el mes, hoy pasan seis meses y no cae ni un vestido, solamente arreglos." Según él, la confección de trajes va a decaer bastante, debido en parte a que se consiguen vestido alquilados por menos dinero, y simplemente "se lo pone, va a una fiesta con él, viene y lo entrega y listo, en cambio el que manda a hacer un vestido queda con el problema de que no va a poder estrenar otro día (risas), debe ponerse el mismo, ir con el mismo vestido."

Carabobo peatonal: pantano, pero mas seguridad
Durante las obras para hacer de la Carrera Carabobo un pasaje peatonal, no solo Don josé sino todos los locales de la cuadra se vieron afectados. Don José comenta, con una expresión que da a entender que no le agrada tener su pulcro negocio rodeado por una construcción. "Sufrimos mucho, esto era un pantanero completo porque nos tocó en invierno, pero no había conflictos ni nada con la gente de las obras, yo nunca llegué a tener problemas o roces. Uno les pedía que quitaran alguna cosa y ahí mismo. Para mi ellos se portaron muy bien.

El volumen de ventas, sin embargo, no ha cambiado, pese a que se ve mas gente. Para Don José la seguridad es un factor importante. "Es que uno tocarle ver como auna persona le sacaban los paquetes de los carros, eso era muy horrible, a los conductores los atracaban mucho, pero ahora tenemos una paz muy buena", la seguridad se ve, se ven policías y vigilancia privada pasando con regularidad. Según don José, hace mucho no se ve un robo, e invita a mirar el nuevo tráfico de la carrera. "Hay mas gente pasando, mas seguridad porque primero no pasaba la gente de la Alpujarra, o si pasaba era una persona como se dice muy atrevida o muy conocida, ya no, ya pasa todo el mundo por acá, les gusta."

Y así parece pues la cantidad de gente que va por el pasaje es sorprendente. Caminando sobre los adoquines de Carabobo se ven hombres cargado grandes rollos o cajas, jadeando y con los músculos tensionados; policiías que caminan con paso relajado; trabajadores de las nuevas construciones de la zona, con sus cascos blancos o amarillos; hombres y mujeres elegantes, que toman algo en las cafeterías o algunas mujeres que compran una joya o un artículo d ebelleza en uno de lso tantos locales del pasaje; jóvenes, ancianos, señoras que compran materiales para hacer artesanías; personas que venden café en cochecitos de bebé. Un hombre vende aguacates y guanábanas en una carreta pequeña.

Don José, con su sonrisa inagotable, contempla el nuevo tráfico de Carabobo, contento de que haya seguridad en el sector en el que trabaja desde hace 30 años, y en el que parece va a jubilarse debido a la escasez de trabajo. Pese a esto, a que hay gente que encarga un vestido y pasan varios años y nunca los reclama, a que de las 15 sastrerías J Aristi es la unica que queda, a que algún día "Tocará irse para que hagan un centro comercial aquí", don José sonríe, con esa sonrisa que solo se ve en aquel que ama lo que hace, pues bien lo dice Facundo Cabral: "Aquel que trabaja en lo que no ama, aunque lo haga todo el día, es un desocupado"

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